Duele menos cuando no le das importancia

—Lo odias.

Su voz suena segura, pero su tono difiere con su afirmación. No levanto la mirada, sigo enfocándome en el papel de color amarillo que alguna persona dejo al sentarse en esa misma mesa.

—Lo odias —vuelve a repetir, para asegurarse de que lo escuche.

Niego con la cabeza.

—¿Odiarlo? —repito—, no, no lo hago.

—No lo parecía cuando le colgaste hace diez minutos.

—Estoy en mi hora de almuerzo, no me gustan que interrumpan mi tiempo libre.

—¿Por qué lo odias? —dice y elevo mis ojos al cielo. Otra vez.

Ya ha ocurrido antes, si no le respondo seguiré hostigándome hasta que le dé una respuesta que lo conforme. Maldito idiota. ¿Acaso su cerebro no puede entender que no quiero hablar de eso? Lo miró con ese fastidio que cosquillea la punta de mis dedos por las ganas que tengo de darle un puñetazo.

—No lo odio —y vuelvo a abrir la boca antes de que pregunte de nuevo—, solo que no le doy importancia.

—¿Por qué? ¿Te golpeo cuando eras niña? ¿O a tu madre?

—Jamás me ha tocado en la vida —respondo. El pedazo de papel yace en mis manos, comienzo a romperlo en pedazos.

—¿Entonces por qué lo odias?

—Ya dije que no lo odio.

—Pero sientes una aversión hacia él, y para que eso exista, debe haber un razón.

Si, para él todo tiene que tener una razón.

—¿Y por qué te interesa? ¿Vas a consolarme si te cuento las atrocidades que mi padre hacia cuando niña? —digo con voz más aguda y con sarcasmo—, ¿O solo sientes morbo por escuchar cómo me tocaba y me obligaba a chupársela a su grupito de amigos?

—¿Eso hizo? —soltó una media sonrisa. Debió interesarle, pero a juzgar por su ceja alzada me está dando el beneficio de la duda.

—No —sonrío cuando la suya decayó—, simplemente no hizo nada.

Frunció el ceño. Lo miro fijamente, esos ojos grises tan brillantes por el reflejo de luz. Sé lo que quiere. Algo más conciso, más sustancial, algo que le haga entender el motivo de mi distanciamiento con mi único familiar vivo.

—No lo odio —vuelvo a repetir—, es solo que todo duele menos cuando no le das importancia.

A veces su rostro llega a mis sueños, y cuando eso pasa, siempre despierto con lágrimas.

—Cuando no está presente en tu cumpleaños o para darte las buenas noches —mi voz comienza a bajar de tono, y la picazón de mis manos se traslada a mis ojos—, cuando no va a tu graduación para pasar la noche en medio de las piernas de otra mujer que no es tu madre o incluso cuando ya eres adulta y no te llama siquiera para preguntarse cómo estás… —hay una pila de pedazos pequeños de papel entre mis dedos—; todo eso, duele mucho menos si no le das importancia.

No lo escucho decir nada. Pero incluso sin verlo, sé que está asintiendo con la cabeza, satisfecho por mi respuesta.

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