#2 Sin adverbio -mente

#Escribe un relato sin un solo adverbio -mente.

 

—Hay que movernos.

La voz firme de Luciel sonó fría y autoritaria, lo suficiente para que el grupo se moviera. Todos estaban nerviosos, y con la escena recién presenciada; la adrenalina y el terror corría por las venas de todas ellas. Camino despacio alrededor del cuerpo muerto de Caroline, sólo había hablado con ella sobre las provisiones y me había parecido una chica agradable.

—Debí haberla salvado… es mi culpa —sollozó Peter con voz de pena y aflicción. Sujetaba la mano de su novia con fuerza y sus lágrimas corrían sobre su rostro pintado de rojo, debía haber estado cerca de Caroline para que la sangre le hubiese llegado.

Me agacho a su altura, mi estómago se revuelve al ver la herida que abre el abdomen de la chica dejando las tripas afuera; una mezcla de masas con diferentes tonalidades rojas. Apoyo mi mano sobre su hombro, él se sobresalta y me mira saliendo de ese aturdimiento que estaba siendo preso.

—Tenemos que irnos —digo con la voz más tranquilizante que puedo dar—. El grupo se mueve, nos dejarán atrás.

Peter negó con la cabeza.

—No puedo dejarla —balbuceó, sus brazos se enroscaron en lo que quedaba de esa pobre chica—. Deberíamos sepultarla… hacerle… un funeral… como es debido —Su voz se hizo más frenética y los sollozos interrumpieron su habla.

—No hay tiempo, nos dejarán —Apreté con más fuerza su hombro—. Entiendo tú dolor, pero si no nos vamos ahora esas cosas volverán y…

Él volvió a negarse, meciéndose con su novia en brazos. Giré la cabeza sobre mi hombro, los demás ya estaban a unos metros de nosotros. Justo en ese momento Luciel giró hacía atrás, incluso a esa distancia noté lo que dictaba su expresión.

«No seas estúpida, y deja al chico».

Suspiro, resignada. Como siempre, él tiene razón.

Me incorporo dispuesta a dejar a los trágicos amantes, pero la mano de Peter me sujeta el pie. Sus labios tiemblan y las lágrimas siguen corriendo como un río, en su mirada sólo hay dolor y miedo. Sentimientos que he sentido en mi piel durante todas estas semanas.

—Si no quieres continuar lo comprendo, pero debo seguir al grupo —Pese a que empatizo con él, no puedo dejar que me arrastre—. Si quieres salvarte entonces levántate y camina, pero si no es así quédate con ella a esperar tu muerte también.

—Pero… no puedo dejarla, ella habría hecho lo mismo.

«Entonces lo dos son estúpidos». La voz de Luciel resuena en mi cabeza. A veces me sorprende lo mucho que me ha influenciado, hasta el punto de saber como respondería.

No soy Luciel, así que no le contesto eso.

—Entonces espera la muerte junto a ella.

Pero tampoco dejaré que me hunda en su dolor.

Me suelto con fuerza de su agarre y doy vuelta con los pies firmes. A medida que me voy acercando al grupo los gritos de desesperación de Peter se desvanecen. No siento rabia ni tristeza, tampoco sé por qué quise ayudarlo, Sólo me nació de repente ese sentimiento.

«Ese sentimentalismo te llevará a tu tumba».

Niego con la cabeza, su maldita voz volvió a mi cabeza.

—Cállate —mascullo en voz alta.

—No he dicho nada —me responde Luciel.

Había caminado tan rápido que no me di cuenta que llegué a su lado.

—Si lo has hecho —respondo—, en mi cabeza. Como lo has hecho desde hace semanas.

—¿Otra vez aparecí en tu mente?

—Sólo tu voz, a veces es como si respondieras por mí.

Incluso llego a pensar que no sólo me ha influenciado, sino que se ha apoderado de mi cuerpo y mente. Y lo más escalofriante de eso, es que no me disgusta.

—¿Aparezco también en tus sueños? —pregunta mirándome de reojo—. Creo que la otra noche te escuché suspirar mi nombre

Intento recordar, pero sólo me llegan unas imágenes que hacen que mi rostro se vuelva rojo.

—Seguro que sí, cómo no hacerlo cuando estás sobre mí cada noche —Intenté que sonará como reproche, pero me causaba más gracia que lo otro.

—No veo que te quejes —Sonrió de medio lado el muy idiota arrogante.

—No tengo el tiempo, no con toda esta maldita situación.

El cambio abrupto de conversación borra la sonrisa de su rostro y su expresión indiferente regresa. Desde que esto comenzó, ha sido la facción que más ha dejado mostrar. No lo culpo, tiene que mantenerse sereno y estable para que sobrevivamos. Si no fuera por él, habría muerto el primer día.

No, segundo, me daré un poco de crédito.

—Llegaremos pronto al refugio —dice con seguridad.

Asiento con la cabeza, su seguridad se ha convertido en uno de mis pilares para sobrellevar todo esto.

—Hay que caminar más rápido —Luciel se gira hacia los otros que están a unos dos metros de distancia—. El día está por terminar —Se vuelve hacía mí—. ¿Cuánto falta para llegar a Ilo?

Saco mi móvil, la aplicación de mapas está abierta y en ella la ruta se encuentra marcada junto con los minutos que falta para llegar.

—No mucho, hay que subir esa colina y estaremos viendo la ciudad —Señalo una colina con poca vegetación. Se ve algo rocosa, así que no será difícil de subir.

Los otros asienten en silencio, parecen seguir trastornados por la reciente muerte y lo triste es que no es la primera del día; un anciano murió esta mañana. Se llamaba Gerald. Desvío la mirada a la que fue su esposa, sus ojos seguían rojos y se frotaba los brazos, pero al menos había dejado de llorar. Ella fue la que más nos costó hacer levantar, aún recuerdo sus gritos desgarrados cuando vio a su esposo ser comido por esas criaturas.

Al llegar a la colina la ayudo a subir, mientras los demás hacen lo mismo con las mujeres o ancianos. Aún recuerdo cuando éramos un número más grande, ahora con apenas veinte personas siento que debí al menos hacer una lista de los fallecidos.

«No habría servido de nada, sólo estarías lastimándote y malgastando el tiempo».

—Tú qué sabes —musito con algo de molestia.

—¿Disculpa? —responde la anciana, aún sigue apoyada en mi brazo.

—Nada, nada —Me rio no dándole importancia. Tengo que impedir que se meta en mi cabeza, o no responder en voz alta.

Casi estamos llegando a la cima, Luciel ya llegó junto al lisiado que estaba ayudando. La anciana me suelta el brazo cuando observa la ciudad debajo de nosotros, sus ojos se abren con sorpresa y no es la única. Trago saliva mientras veo el desastre que debía ser nuestro refugio; nuestra salvación.

Camino para llegar al lado de Luciel, en su mirada se refleja decepción, pero el brillo de la determinación sigue allí.

—¿Qué piensas? —pregunto.

—No puede responderte el “yo” de tu cabeza.

—Ahora, ni yo puedo pensar con claridad.

Mi mano se ve envuelta por la suya, su cálida piel siempre es bienvenida a tranquilizarme.

—Seguiremos buscando un refugio —dice y voltea a verme, los últimos rayos de luz hacen brillar aún más sus ojos—. Esas bestias no te arrebatarán de mí.

—Sí —respondo y siento como el miedo se desvanece. Ha sido el único capaz de quitármelo—. Confío en ti.

El corazón me late con fuerza, pero sé que no es el terror quien lo causa.

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