#3 Verse en el espejo

#Tu protagonista se mira en el espejo y ve algo que no debería estar ahí.

 

Los primeros rayos de la mañana entran a la habitación, vislumbrando las prendas de vestir arrojadas al suelo de manera desordenada y un par de condones usados. Al parecer las dos personas que ocuparon esa pieza llevaban demasiada prisa o estaban lo suficientemente subidos de tono como para pensar en ello. Sobre la cama un cuerpo se mueve cuando la luz se proyecta en su rostro.

Azael pestañea un par de veces con el ceño fruncido. Gira su cuerpo sobre la cama hasta quedar sentado sobre las sábanas. Inspecciona su entorno aún con el sueño pegado en sus párpados, su expresión hostil de la mañana pasa a una de confusión.

«¿Dónde estoy?», piensa.

Su cabeza comienza a dolerle tan sólo al ponerse en pie, y estuvo a punto de caerse del mareo si no se hubiera sujetado de un enorme ropero.

—¿Por qué…? —Se calla de inmediato. Al parecer tampoco podía hablar sin devolver todo lo que llevaba en su estómago.

Paso a paso, llega hasta el otro extremo de la habitación donde un espejo del tamaño de una puerta cuelga de la pared.

El espejo refleja a un hombre de gran altura, que llega incluso a sobrepasar el borde superior del marco. Sus mechones son de un plateado que brilla aún más con la luz del sol. Y contrastando con su cabello, sus ojos son de un exótico color violáceo mientras que su piel sólo podría compararse con el mármol de las estatuas; y realmente parecía como si fuera uno. Todo su cuerpo parecía haber sido esculpido por un artista. Uno, que tuvo el cuidado suficiente para definir perfectamente los bordes de los músculos que se extendían desde sus grandes brazos, bajar por su plano y bien formado abdomen, pasar por su muy buen dotado miembro y llegar hasta las largas piernas.

Pese a sus extravagantes detalles, el sujeto se ajustaba en un escalón más alto de la mayoría de los demás hombres.

Sin embargo, cuando Azael se mira de pies a cabeza, sólo suelta una exclamación de estupefacción.

—¿¡Ahh!?

Sujeta el marco con fuerza mientras se observa.

El hecho qué estuviera desnudo no era algo raro, generalmente dormía sin ropa. No era eso lo qué le causaba sorpresa, sino eran los muchos moretones que recorrían parte de sus pectorales y cuello.

—¿Qué… que hice anoche? —se pregunta llevándose la mano a la frente. Su expresión no había cambiado y, ¿cómo no estar desconcertado?

Despertar en una habitación desconocida, con un horrible dolor de cabeza y mareos no era para nada ordinario.

Frunce el ceño tratando de recordar los sucesos de la noche anterior.

—Recuerdo… estar con Luciel y con la bruja —A su memoria llegan las imágenes de un hombre muy similar a él, pero más alto que abrazaba por la cintura a una mujer de cabellos oscuros—. Fuimos a un bar y…

Sus recuerdos se reprodujeron en su cabeza. Lentamente se vio sentado en unos sillones con un vaso de cerveza en la mano, la bruja estaba a su lado y le recriminaba que no le llamará por ese sobrenombre. Luciel estaba en el otro extremo, con el brazo apoyado en la chica. La imagen de sus dos compañeros cambia a una mujer de rizos claros, muy baja de estatura y con unos grandes senos.

No puede recordar nada más.

—Creo que Luciel y la bruja se fueron —Las ganas de vomitar le volvieron, pero trata de ignorar ese malestar—. Debí haberme quedado y buscar un hotel donde dormir.

Se voltea con cuidado, debía haber consumido una gran cantidad de alcohol para estar en ese estado, porque era bastante resistente. Se dirigió hacia la cama, sin tomar en cuenta la lencería que pisaba. Un sostén se le enreda en el pie, pero Azael sólo se concentra en llegar a la suavidad del colchón.

Al sentarse el mundo se volvió a inclinar, y ya no resiste las ganas de vomitar, pero se detiene cuando un estruendoso ruido interrumpe el silencio de la habitación. Era molesto y sólo quería apagarlo. Tardó unos segundos en reconocer que era el timbre de su móvil, que se encontraba debajo de la cama. Con cuidado lo agarra y el número de Luciel aparece en la pantalla.

Decidió contestar.

—¡Al fin contestas! —Se escucha una voz femenina, Azael aleja el móvil de inmediato.

—No chilles tanto bruja… Dios, sentí que mis oídos se retorcieron sólo con tu voz.

—¿¡Qué!? ¿Y cómo quieres que te hable? Luciel y yo te hemos estado llamando toda la maldita mañana, ¿¡Dónde mierda estás!?

—Yo… no sé…

—… Está ebrio —dijo con firmeza, pero no se dirigía a Azael sino a alguien más—. Sí, sí, te lo paso —Se escucha un ruido de fondo y luego una voz más profunda y varonil habla—, ¿Dónde estás? Mandaré al chófer a buscarte —No sonaba molesto, pero Azael sabía que en el fondo lo estaba.

—Ugh… déjame primero averiguarlo y te llamo.

—Apresúrate, hace más de media hora que debimos haberlo entregado.

Luciel cortó de inmediato. Eso no era bueno.

Busca alrededor su ropa. Tenía que vestirse y salir de la habitación, sólo así podría saber dónde se encontraba. Se levanta para buscar su ropa y recién allí se fija en la lencería que arrastraba; era de un tono purpura con encaje. Tarda unos segundos en unir la información y mira de inmediato hacía la cama, la cual está vacía. La mujer con la que había pasado la noche se había ido.

Suspiró algo aliviado, no era bueno despachando a las mujeres que se ponían demasiado melosas.

Su dedo roza algo áspero en el sostén, era un pedazo de papel que alguien había metido entre las telas. Había algo escrito.

—Fue una noche excitante —leyó en voz alta—. Espero que se vuelva a repetir. Posdata, gracias por tu billetera… ¡¿Qué?!

Revisa el suelo buscando su pantalón y camisa, y en ninguna de ellas había rastro de su billetera. Se viste deprisa, como si todo el malestar que sentía se hubiera ido en un solo segundo. Sólo tiene cabeza para buscar su billetera por toda la habitación, pero tal como decía la nota esa mujer se la había llevado.

—¡No… puede ser! ¡Van a matarme!

Estaba exaltado, no sólo se había embriagado hasta el punto de acostarse con una mujer desconocida, sino que además dejó que le robará. Y pese a su dinero y tarjetas de crédito que tenía dentro de la billetera, lo único que le importaba era el medallón de plata que había guardado.

Ahora recordaba todo. Luciel, la bruja y él finalmente habían hallado el preciado medallón de plata valuado en millones de dólares. Un objeto tan malditamente costoso y antiguo, que pertenecía a dinastía de Corona, el reino más basto de todo el mundo. Luego del hallazgo habían ido a celebrar, felices de entregar la joya al día siguiente y recibir la enorme recompensa. Pero él lo tomó sin permiso y ahora lo había perdido.

¡Por esa enana y de grandes senos!

—Me retó a quien tomaba más y como estúpido caí en su juego —Su voz dejó de sonar incrédula, y pasó a una llena de rabia—. ¡Todo es su culpa! ¡Si no fuera por ella yo…! ¡¡Y más encima robó el medallón!!

Patea con fuerza el tocador, su ira sólo se iba aumentando con las ganas de golpearse por haber sido tan descuidado.

—Pero me las va a pagar, voy a encontrar a esa ladrona.

Sale de la habitación hecho una furia.

Por supuesto, recibiría un buen reto de parte de sus dos compañeros, pero se desquitaría con esa mujer. Que además de robarlo —y aunque no quisiera admitirlo en voz alta— le hizo pasar una de sus más excitantes y ardientes noches.

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